miércoles, 11 de marzo de 2009

LA TETA ASUSTADA: Estreno en Perú



Casi un grito de miedo

La teta asustada, de Claudia Llosa

Algunos tuvimos la generosa fortuna de asistir a la reciente edición del Festival de Berlín y poder ingresar al estreno de La teta asustada. Pero antes de comentar la película, es preciso hacer algunas anotaciones sobre toda la discusión que se generó casi de inmediato, prácticamente minutos después de la proyección, en otras partes del mundo. Específicamente, en nuestro propio país.

Sin haber visto la película en cuestión, muchos empezaron a lanzar los ansiosos dardos con los que se buscaba minimizar el logro obtenido por todo el equipo de La teta asustada. De igual manera, rápidamente aparecieron apasionados defensores que (sin tampoco haber visto la película) ya colocan esta obra en un pedestal de oro, haciéndola intocable.

¿No hubiera sido lo más sano esperar a que la película se estrene para discutir?

Y, sin embargo, ¿será eso posible?

Los que ya le han puesto la cruz irán al cine con el escepticismo en la mirada, buscando todos los errores posibles. Y los fanáticos que ahora exclaman “yo siempre dije que era buena” irán con su libreta buscando todos los méritos existentes y también los inexistentes.

Calma. No hay que arañarse antes de tiempo ni tampoco santificar una película por el Oso de Oro (la película Tropa de Élite lo ganó el año pasado, ¿eso la hace sagrada? Ni por asomo: ya sabemos que aplaudir por aplaudir es casi tan peligroso como criticar por el mero placer de hacerlo).

Lo que se ha celebrado es la feliz realidad de ver cómo una película peruana (en coproducción con España) obtiene el máximo galardón en el Festival de Berlín. El Oso de la Berlinale es el mayor premio que una película nacional ha logrado en toda la historia de nuestra cinematografía, es un premio que vale todos los premios que se han obtenido antes, uno de los premios más importantes del mundo (personalmente, pienso que es un mérito solamente superado por los galardones de Cannes) y un cine como el peruano no está acostumbrado a ese tipo de honores. Por eso se celebra.

Se celebra además porque pone al Perú en una vitrina donde nunca antes estuvo. Cinéfilos, productores, distribuidores de todo el mundo están girando ahora la vista hacia nuestro país. Estoy seguro que más de una puerta se abrirá para quienes sepan preparar un proyecto cinematográfico responsable. Por eso también se celebra.

Además, si uno tiene su corazoncito patriota, cómo no celebrar el ver a una cineasta peruana, a unas actrices peruanas, a una película filmada en Perú, recibir los aplausos y elogios que recibieron en Alemania.

Por último, se celebra también la recuperación de cierta fe perdida en los proyectos individuales. Pero esto es más difícil de explicar.

De otro lado, el escepticismo sustentado siempre debe ser bienvenido y hace bien la directora cuando afirma “una vez estrenada, la película ya le pertenece al espectador. Si quiere amarla, que la ame; si quiere criticarla, que la critique”. (http://elagua-inmovil.blogspot.com/2009/02/conversando-con-claudia-llosa-berlinale.html).

Cómo no ser escépticos al notar que Claudia Llosa consiguió lo que no obtuvo Lucrecia Martel en su momento (La ciénaga fue Oso de Plata, 2001) y situó su nombre en la misma lista histórica de los máximos premiados, lista donde figura Bergman (Las fresas salvajes, 1958), Antonioni (La noche, 1961), Godard (Alphaville, 1965), Pasolini (Los cuentos de Canterbury, 1972), Fassbinder (Veronika Voss, 1982), Cassavetes (Love Streams, 1984) y los contemporáneos Tavernier, Sheridan, Malick, Winterbottom, Miyasaki y P.T. Anderson, entre otros.

Esto hace que muchos se pregunten: ¿es acaso La teta asustada mejor película que La Ciénaga? ¿Acaso cuando la estrenen veamos algo tan suculento como Magnolia?

La pregunta es tramposa. Cuando un Festival serio se inaugura, la historia, los países, los distribuidores, el marketing, el director del Festival, los críticos, el público, todos podemos meter presión pero en la decisión final quedamos fuera. Al final, solamente quedan las películas frente a los gustos y preferencias del Jurado. Los demás observamos, comentamos, aplaudimos o pifiamos, como si de un antiguo espectáculo romano se tratara.

Horas antes de la inauguración, Llosa afirmaba que el sólo hecho de tener una película dentro de la Selección Oficial era un sueño increíble, un premio más que deseado. Obvio. Dentro de la misma competencia se encontraban las últimas películas de Wajda, Tavernier, Moodysson, Ozon, Frears. “El mismo día que estrenamos La teta asustada, Theo Angelopoulos va a presentar su última película. ¡Cómo no voy a sentirme honrada!”, nos contaba.

Que Moodysson haya presentado una película burda y maniquea, que Tavernier y Ozon no hayan logrado entusiasmar más allá de lo esperado, que Frears entregue una película decepcionante (otra más), todo eso escapa a la participación de Claudia Llosa. Ella cumplió con presentar su película y las circunstancias jugaron a favor. Estuvo en el lugar indicado, en el momento indicado.

Pero aceptar solamente esto es mezquindad. Un reconocimiento de este nivel no llega sino hubiera existido un esfuerzo enorme detrás –esfuerzo de años en el caso de nuestro cine- y ahí es donde debería radicar el motivo de las felicitaciones.

Así que, felicitaciones por el logro a todos los que participaron en La teta asustada. Las discusiones serias recién llegan ahora que ha llegado el estreno.

Dicho esto, pasemos a la película.

*

Fausta tiene miedo.

Le tiene miedo a los hombres. A sus palabras, a sus acercamientos, a sus roces. Le tiene miedo a las múltiples consecuencias que significa ver morir a su madre, prácticamente la única persona con quien ha mantenido una comunicación sincera y confidente en su vida (miedo a no poderle hacer un entierro decente, miedo a quedarse aislada de la vida). Tiene miedo de no ser capaz de encauzar su destino, de darle un nuevo rumbo.

Es que ella es una muchacha que nació con la teta asustada. A su madre la violaron cuando Fausta aún estaba en su vientre, y el cuerpo de una se impregnó del dolor de la otra. Madre e hija se funden en una y a solas comparten un oscuro sufrimiento. La madre fallecerá sin haber encontrado la paz. La hija tendrá que sobrellevar la angustiosa aprensión que heredó.

La señora Aída tiene miedo. A pesar de ser una dama limeña que vive en una gran residencia, con aires de independencia, acostumbrada al aplauso de la ciudad al ser ella misma una reconocida compositora musical, ahora está en una encrucijada: faltan pocos días para el recital más importante del año y la inspiración no está de su lado. Miedo al fracaso, al posible olvido.

El tío Lúcido tiene miedo. Su hija Máxima se va a casar y no quiere que ninguna tristeza flotando en el ambiente arruine esa nueva etapa en la vida de su familia. Un cadáver escondido en su casa puede ser motivo de una maldición.

La pregunta, entonces, aparece rápidamente: ¿cómo filmar el miedo?

Claudia Llosa opta por los rostros apagados, serios, impenetrables, en lugar de la expresividad excesiva, teatral. Opta por el silencio antes que el discurso excesivo. Las emociones están presentes, pero escondidas detrás de otros personajes, de la música, de los objetos. Como si leves capas de realismo intentaran ocultar las pasiones que desde dentro se alistan a clamar, como si el primer plano de unos ojos fuera ya casi un grito de miedo.

Capas, por ejemplo, cuando Fausta quiere darle una sepultura digna a su madre. La vendedora de ataúdes le muestra un féretro donde está pintado el mar. El mar, “donde se alivian las cargas y se lavan las penas”, dice la vendedora. Esta línea que parece demasiado sentenciosa y explícita, en realidad está oculta y hasta puede pasar desapercibida, pues lo que resalta son otras voces y otro féretro (uno cuyo lema dice “Arde papi”, el cual mitiga esa peligrosa solemnidad).

Capas, por ejemplo, en plena celebración de un matrimonio, cuando la cámara va girando lentamente, mostrando todo el escenario de la celebración. En medio del baile, de los invitados que llegan, de los gritos que rugen, de los aplausos que se lanzan, de los regalos multicolores… en medio de todos, Fausta cae una vez más, enferma y desangrada, sin que casi nadie lo note.Lo importante se va ocultando.

Es que las emociones se manifiestan así: en medio del bullicio, en plena calle. Los miedos y las ilusiones no conocen de hora ni lugar. Cuando uno se sorprende o se asusta en lo más hondo, no necesariamente pone la cara de Lillian Gish haciendo “oh” en las películas de Griffith.

¿Se trata de una decisión acertada?

Lo es por distintos motivos. Porque las emociones contenidas guardan un misterio especial. Porque le dan más emotividad a las escenas donde, finalmente, los personajes liberan aquello que sienten (Fausta cantando en casa de la señora Aída, por ejemplo). Pero, sobre todo, porque los traumas que se exhiben son aquellos que se arrastran desde el vientre, desde el tiempo de una guerra interna que hasta el día de hoy no se soluciona –ni se solucionará-, un trauma que el país decidió que era mejor callar y olvidar.

Aunque suene a lugar común en una rama del cine contemporáneo, hay que decirlo: En La teta asustada, importa más lo que no se dice que aquello expresado en voz alta.

*

El cine de Claudia Llosa ha cambiado. La cineasta peruana pasó de los imaginarios barrocos de los Andes de su primera película, Madeinusa, a los silenciosos dramas personales de personajes encerrados dentro de sus propios miedos, en medio del bullicio de una urbe emergente, como se aprecia en La teta asustada.

¿Cambiar de universo geográfico significa cambiar tu manera de filmar?

Aquí podremos discutir largamente. Personalmente, pienso que sí cambia. En la primera película latían las ganas de registrar el acontecer de todo un pueblo, en sus idas y vueltas, en sus procesiones y sus jaranas. Quizás en medio de estos rituales, el drama de Madeinusa no tuvo el tiempo que la angustia de Fausta ahora tiene para envolvernos. Y eso que esta vez sigue habiendo un entorno agitado alrededor de la protagonista: ya no estamos en los Andes pero estamos en las zonas periféricas de Lima; ya no será Tiempo Santo, pero el negocio de los matrimonios garantiza suficiente baile y bullicio. Y aún así, la presencia de esta muchacha lo domina todo desde el inicio hasta el final. Sin hablar mucho, Fausta (Magaly Solier) va revelando un mundo que ella ha creado para sí pero que se manifiesta en leves e inquietantes detalles.

El cine de Claudia Llosa ha cambiado. Pero, ¿es un cambio positivo?

Todo parece indicar que sí. El registro intimista parece más elaborado. Se nota trabajo en este equipo técnico prácticamente femenino que no se separa a lo largo de la Berlinale. Caminan juntas por los alrededores del Festival Claudia Llosa, Magaly Solier (Fausta), María del Pilar Guerrero (Máxima), la directora de foto Natasha Braier (la misma de En la ciudad de Sylvia), la editora de sonido Fabiola Ordoyo, la compositora musical Selma Mutal... Un equipo femenino para una película sobre las mujeres. ¿Significará eso algo? No necesariamente. Lo cierto es que la película, en general, muestra detalles y sugerencias que son gratos de ver.

El jardinero roza la mano de Fausta: no vemos qué gesto pone ella, pero observamos cómo su pantalón remangado vibra y cae. Otra: la señora Aída le promete una perla a Fausta por cada canción que ella le cante (en una escena especial, la del baño, donde los movimientos de los actores, la iluminación y el sonido están muy cuidados). Cuando, finalmente, Fausta canta, no hace falta decir nada más entre ellas. Simplemente se muestra la perla ganada.

¿Estos actos sugerentes la hacen una película brillante?

No creo que ni la misma directora la considere así, a pesar del premio. Habrá mil películas mejores, diez mil peores. Simplemente, es una buena película. Hay que ir a verla. Y discutirla. Pero sí es la mejor película peruana que recuerde haber visto.

¿Se burla de la miseria de los peruanos?, preguntan otros.

No es algo que haya percibido. El Perú se presenta como un universo diverso y lleno de contradicciones. Y, aún así, se trata de una ficción aunque resulte extraño hablar de límites y fronteras.

Una situación que arrancó sonrisas durante la premiere fue el hecho de ver una boda masiva en la pantalla grande. En la conferencia de prensa le preguntaron a la directora si esa circunstancia era también producto de su imaginación. Les costó creer a los extranjeros que se trataba de una práctica común y casi cotidiana en nuestro país. También preguntaron si el ponerse una papa en la vagina para evitar las violaciones era una práctica extendida luego de la época del terrorismo. En esta ocasión, la directora y guionista Llosa contestó que no, que esa parte de la historia era pura ficción.

Es cierto. No resultará muy gratificante para algunos pensar cómo se nos puede observar desde el exterior, pero una película es una mirada personal y un director tiene la potestad de crear su propio imaginario a riesgo de caer después en el exotismo atolondrado.

En La teta asustada no vemos este riesgo. Se trata de una película centrada en su historia, en sus personajes, en aquello que subyace. El ambiente colorido no es el protagonista, sino el contrapunto a las vidas opacas e inertes de los personajes principales.

Debe ser también que la vida urbana es más asequible, más cotidiana, más reconocible que aquella vida de comunidad andina perdida en los Andes, donde hay mucho sentimiento encontrado aún y donde para todos nosotros es más fácil manipular lo que uno no conoce a fondo. A diferencia de Madeinusa, pocos podrán distraerse de la película pensando en el racismo o el cosmos pintoresco. La discusión más decantará acerca de qué tanto se siente el guión en cada línea o si resultan un poco excesivas las escenas del canto (escenas en donde el silencio termina y la angustia alza la voz, en busca de una liberación que urge).

Aunque juega una vez más entre lo que es invención y lo que son ciertas concepciones andinas, La teta asustada apunta a otro horizonte, uno más personal, uno más privado.

*

La vida y la muerte comparten piso. Lo que ayer era un entierro, hoy es un matrimonio. Lo que ayer era una tumba, hoy es una piscina para todos. La papa es fertilidad, pero también es hemorragia. Un hombre es amigo pero también victimario.

El problema es que, en la ciudad, la dualidad no es tan fácil de aceptar. Resulta contradictoria. Atemoriza. Cautelosamente hay que refugiarse en el canto, en el quechua. A diferencia de la mencionada Tropa de élite o de la conocida Ciudad de Dios, no estamos frente a la mirada del publicista cool. Esta vez, un tema delicado se filma de manera delicada.

Luego de todos los comentarios aparecidos, lo mejor es ver la película y dejarse sorprender. Ya llegarán nuevas y mejores discusiones que esta exposición, nuevas y mejores polémicas cuando se haya estrenado al fin. Y ojalá se alarguen, más allá de los fantasmas de Madeinusa, más allá de los osos dorados y más allá de las semanas en cartelera. Nuestro cine necesita más discusiones sensatas y menos choque de egos. La exhibición de esta película es una gran oportunidad para ello.

Y, por último, la otra gran oportunidad:

Si la memoria no falla, el llamado “nuevo cine argentino” apareció también de esta manera. El reconocimiento a un cineasta les dio fe a los nuevos y ganas de renovación a los viejos. La manera de entender las películas cambió para los realizadores, para el público, para las salas, incluso para las propias instituciones gubernamentales.

Desde luego, también jugaron innumerables factores.

Y aún así, este es el momento perfecto para que financistas, empresas privadas, el propio CONACINE, entiendan la importancia y resonancia de impulsar no solamente películas de fácil consumo sino también aquellas que proponen nuevos aires a un arte casi asfixiado en nuestro medio.

Nunca el cine peruano ha tenido esta ocasión de oro para consolidar esta renovación que acaba de dar un paso agigantado en Berlín, en los pies de La teta asustada. Es sabido que la historia de nuestro país está llena de oportunidades perdidas. Que esta no sea una de ellas.




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1 comentarios:

Blogger Ángel D. ha dicho...

Me ha gustado mucho su artículo y su análisis de la película. Vi la película sin saber que había sido premiada, no le pongo demasiado énfasis a esas cosas a la hora de entregarme a ver lo que intuyo puede ser buen cine. Y me llevé grata sorpresa con "La teta asustada", es una obra muy digna, con momentos de una belleza interna realmente brillantes. Me parece una película bella sin jugar a serlo, sin necesitar desesperadamente eso que sí que veo en muchas películas "periféricas", el gustar a toda costa, emocionar a cualquier precio, asombrar a través de lo diferente, de lo exótico. Esta película se me ha quedado grabada en la mente, y eso no me suele ocurrir demasiado con obras modernas, todas demasiado parecidas, todas demasiado comerciales, demasiado complacientes.

13 de agosto de 2009, 18:29  

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