Nació el Festival de Cine Lima Independiente. ¡Felicidades!
Triple alegría la que me ha causado este festival: Primero, por su aparición misma. Un nuevo espacio para difundir el cine en nuestras ciudades siempre será una buena noticia. Más si es un festival de cine independiente, con una gran cantidad de obras cuyo circuito de exhibición es reducido. Una retrospectiva como la realizada a Raúl Perrone era un acto necesario desde hace tanto...
En segundo lugar, me alegra saber que detrás de esta iniciativa están Viviana Quea, Mario Castro y Alonso Izaguirre (entre otros más), personas que sienten una pasión inigualable por el cine. En varias ocasiones he sido testigo de la relación que cada uno tiene con las películas: amantes, exigentes, curiosos, radicales, entusiastas... Demás está decir que el espíritu de un festival radica en sus organizadores y, en este caso, ello garantiza muchos años por delante para este grato evento.
La tercera alegría ha sido poder estrenar oficialmente el cortometraje La Calma en Perú, y hacerlo en este festival. Espero que a partir de aquí el corto pueda exhibirse también en cine clubes de las distintas ciudades, y cerrar así este año de recorridos agradables y, también, inquietantes.
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Quizás, justamente, a raíz de la irrupción del Festival Lima Independiente, han surgido distintos posts en los blogs peruanos sobre esa palabrita tan complicada: "independiente". Muchos se preguntan ¿qué significa ser "independiente", ¿quiénes entran en esa categoría?, ¿quiénes no?, y así.
No creo que haya respuestas precisas para estas interrogantes, pero como el asunto parece torturar a varios, quizás debamos hallar un concepto más sensato que "independiente es aquello que no se vende". No recuerdo haber leído escritos sobre el tema (excepto los posts que me han enviado sobre este intercambio de ideas, aquí, sigue aquí, continúa en los comments aquí y termina aquí), así que sólo hablaré de mi breve experiencia:
Bella paradoja: El término "independiente" no tiene sentido por sí mismo. Su existencia es dependiente de otros conceptos. Independiente... ¿con respecto a qué? La respuesta más compartida hablaría de un cine "al margen de la industria", un cine que se hace sin contar con los medios oficiales, digamos.
En ese caso, un adinerado empresario ruso que saca dinero del bolsillo de su camisa para hacer la película que siempre soñó hacer es, a todas luces, independiente. El dinero personal. La financiación privada. No deberle nada a nadie. En el caso peruano, creo que Daniel Rodríguez sería el cineasta más independiente en este aspecto: se financia, se produce y ha terminado exhibiendo la película que a él le entusiasmó hacer. A nivel internacional, se suele hablar de Lucas y de Spielberg...
Ah, Spielberg. En cuántas oportunidades he leído comentarios como "Spielberg podrá financiarse a sí mismo, ¡pero él hace películas sólo para agradar al público! No es independiente como, no sé, Jim Jarmusch." En fin. Bastaría con citar a Truffaut cuando asegura que Spielberg (a quien conoció de cerca) no hace las cosas pensando en la taquilla sino que tiene la maldita suerte de tener el mismo gusto que su público. Entonces alguien dirá "bueno, depende de qué película hablemos". Bajo esas triquiñuelas, entonces, ¿Jim Jarmusch independiente? ¿En serio? ¿Con 10 millones de dólares como presupuesto para Broken Flowers?
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La confusión crece cuando esta condición de financiarse "independientemente" se mezcla con la capacidad expresiva de una película. Entonces, no basta con la independencia económica. No sólo hay que estar alejado de la industria, sino también de sus agotados temas, de sus previsibles guiones, de sus convencionales modos de filmar, de sus poco sugerentes bandas sonoras, de sus...
Es más, para que una película sea independiente de verdad ni siquiera hay que pensar en el público, ni si se presentará la obra en un festival ni nada de eso. Ni con las majors ni con ese mundo rotterdaniano. ¡Cineasta comerciante quien no actúa así!
Desde luego, leer a gente que pontifica de esta manera es agotador. Personalmente, ningún proyecto que he realizado nació con el interés de tener un público (de hecho, este cortometraje ha estado año y medio en el cajón, y seguiría ahí de no ser por cuestiones casi académicas). Sin embargo, no pensar en "el público" (?) no te hace más o menos independiente, así como no hace que la obra sea mejor o peor. Igualmente, no creo que una persona que disfruta escribiendo y dirigiendo una obra, pensando principalmente en las emociones de su posible público, no pueda ser independiente.
"Tú no eres independiente, tú te comportas así, tú has hecho esto, tú no has cumplido con esto". Esto que venden como un manifiesto radical suena más a catarsis de inseguridad adolescente.
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Nostalgia de la luz (2010)
Además, si tu mente está pensando en los fondos públicos y en el mundillo de los festivales es que evidentemente no eres independiente.
Sólo el desconocimiento puede justificar afirmaciones como estas. ¿Qué hacer entonces con las películas que han recibido fondos no sólo de un país, sino de varios? ¿Cómo reaccionar ante proyectos que para poder realizarse debían asegurar las ventas a distintas televisoras? ¿Con qué ojos podría mirar esa película tan sugerente, si me entero que en su plan de producción se preveía ser presentada al prestigioso Festival X?
Con esos prejuicios acabamos de echar tierra sobre varias películas de Béla Tarr, de Kiarostami, de HHH y de innumerables cineastas que pueden hacer las películas que hacen gracias a dichos fondos. Quedémonos sólo con el Pedro Costa de Ne change rien, película filmada casi sin dinero durante varios años. Olvidémonos de esa absurda coproducción portugesa/francesa/suiza que fue Juventude em Marcha, película para nada independiente.
¿Y qué se habrán creído Apichatpong y Raya Martin al pedir fondos a ese circuito rotterdaniano para poder filmar Uncle Boonmee e Independencia respectivamente? ¿Imaginaban que no íbamos a descubrir el fraude de sus obras, a todas luces mercancías industrializadas? De verdad, ¿pretendían engañarnos?
Ni qué pensar de Patricio Guzmán, quien pudo realizar Nostalgia de la luz con dinero ¡de Televisión Española! ¡Y encima para proyectarse en Cannes! (y eso que el financiamiento se consiguió luego de ser rechazado de muchos lados, como podemos leer en este cruel testimonio).
Ese documentalista Guzmán es evidentemente un vendido al sistema.
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Desde hace unos días he empezado a preparar el cortometraje de un amigo. Será mi primer cortometraje como productor (fuera de los míos). Es un corto, en apariencia, sencillo de hacer. Por cuestiones de fechas, lo grabaremos en mes y medio aproximadamente. Llegado el momento podríamos simplemente ir a los lugares pensados, con los actores pensados, y grabarlo de manera "independiente". No sería muy complicado: un equipo pequeño, luz natural, etc.
Pero en mi rol de productor trato de explicarle a mi amigo por qué es mejor no actuar así. Doy mis razones para usar tal cámara con tal equipo de lentes, para buscar tal equipamiento de luces, para conseguir más personas (no muchas tampoco). Mientras el corazón de su corto no se vea afectado, todo aporte que sume es bienvenido.
Esta no es una regla general, desde luego. En otros proyectos será necesario prescindir de equipos y de personas. Cada obra carga intrínsecamente con sus necesidades.
Sin embargo, de pronto parece que ser "amateur" te da un plus de calidad. Parece que por tener poco dinero para hacer tu obra, ésta se vuelve especial y casi intocable. Parece que salir a manipular la cámara con aires indies hace que debamos pasar por alto errores groseros técnicos.
Ayer vi por internet una de estas obras que mi amigo Mario Castro incluye en lo que él llama "nuevo cine peruano independiente". Puede que en ciertas escenas sí se sientan atmósferas potentes, pero las continuas torpezas me arruinaron el visionado. He visto errores que alumnos de instituto no cometerían. A veces no sabes si es adrede o si es torpeza. Luego de diez minutos sabes que es lo segundo.
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Hay un espíritu poderoso entre los jóvenes realizadores peruanos. Quizás, en el fondo, sí haya algo parecido a una irrupción grupal en el mundo audiovisual. Pero muchos de nosotros aún tenemos que andar un largo camino para no quedarnos en ese regodeo de lo "independiente/amateur" (con sus discusiones caducas). No hay que tener miedo ni recelos a utilizar todo lo que está a nuestro alcance para descubrir mayores modos de expresividad en nuestros trabajos: equipamientos, fondos, festivales, todo... siempre que sea acorde con las necesidades de la película, que es el fin supremo.
Aún existe ese grupo de dinosaurios que sigue con su perorata de "el vídeo no es cine de verdad. Celuloide sí, vídeo no".
Ahora parece que el discurso de los "independientes" es "vídeo sí, celuloide o todo lo que apeste a industria no".
El European Film Market está situado en las dos plantas de un edificio inmenso. Dos plantas llenas de stands donde prácticamente encuentras a todos los países que apuestan por el cine como imagen exterior, como presencia de su cultura, como marca. Así vemos inmensos stands con la bandera italiana, la canadiense, la española. Pero también hay stands, no tan grandes, pero con mucha actividad: el de Croacia, por ejemplo.
No me extraña que no haya un stand de Perú. Ahí el cine aún es percibido como una actividad de secundaria importancia para el gobierno y son escasos los recursos que llegan desde él.
Veo el libro que se reparte en el stand de Turquía:
Un libro de casi cien páginas, donde se mencionan 24 largometrajes ya terminados y 31 en plena producción. También, datos de las compañías para producir y distribuir, además de los nombres de innumerables festivales que ellos tienen.
Para mí el cine turco era tres nombres, pero veo con asombro que ya hay toda una industria que va en ascenso año tras año. Me ha resultado toda una sorpresa y cada vez que puedo converso con alguien sobre el tema. Pregunto cómo fue posible, pregunto si ha tenido que ver mucho la coproducción con otros países. Pero no, excepto la que estaba compitiendo por el Oso de Oro, hay un par más que son coproducciones. Todas las demás son películas 100% turcas, la mayoría hechas en 35mm.
Las respuestas son las mismas: 1) Apoyo del gobierno y, 2) Unión de la comunidad, una comunidad donde, si bien hay dos grandes nombres "por encima", nadie mira sobre el hombro a nadie y nadie ataca por atacar a nadie. Las productoras cooperan entre ellas, se "co-producen" sin tener que salir del país. Se apuesta por una historia y se respetan los plazos de trabajo. Se rotan los puestos. Se desarrollan historias variadas. Las instituciones se comprometen.
Creo que cada país tiene su propia manera de desarrollar su cine. Como en las películas, no existe un guión fijo para alcanzar el éxito. Pero quizás si esperamos que países como Perú tengan finalmente una presencia constante a nivel mundial, podríamos empezar a estudiar con mayor atención los casos de cines emergentes en las últimas décadas. Como el caso de Latvia, cuyo cine también tiene un stand y varios proyectos que ofrecer.
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La primera vez que me encuentro con Paula y con Viviana fue en un café, por la noche, un día después del estreno de su película. Asumo que estaban ligeramente nerviosas: los primeros comentarios fueron ambivalentes respecto a El premio.
Pero en cambio yo la vi, me sentí hipnotizado en varios momentos y hasta escribí unas palabras al respecto. Tuve el coraje de acercarme a saludarlas y a felicitarlas por la película. "Seguro van a ganar un premio", y ellas se ríen. Cuando al día siguiente veo los puntajes de algunos críticos locales, me siento un poco decepcionado porque no comparten mi entusiasmo con esa película.
Robinson me dice que me he vuelto un blando, que todo lo veo con buenos ojos, que no soy ácido ni crítico como antes con las películas, que el Festival me ha cambiado. Pero no es así. O no del todo. Naturalmente, mientras camino por Berlín solamente tengo buenos ojos para la ciudad y para el festival. Bonito. Todo me parece bonito.
Pero hay películas y cortometrajes que no me gustan. Solamente que no hablo más de lo que no me gusta o, en todo caso, hablo de los elementos que sí me gustan. Esto, sin embargo, no es por el festival sino una lección que saqué tras los dos años estudiando en Madrid: desde fuera es más sencillo aplaudir así como destruir. Desde dentro, uno puede incluso valorar muchos aspectos de una obra que en su concepto no llega a apreciar.
Pero tampoco discuto con Robinson y le digo que sí, que tiene razón en todo y sigo sonriendo. Así, hasta el final del festival, donde El premio se lleva dos Osos de Plata y finalmente me puedo encontrar de nuevo con Paula y Viviana, felicitarlas nuevamente y ser testigo de la inmensa alegría que ahora sí llevan, completamente.
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"Poético" es el adjetivo que más usan para referirse a La calma los directores de los otros cortos en competencia. Claro que esa calificación tiene doble sentido: Poético... ¿porque no se entiende? ¿por no llamarlo experimental? ¿por dulzón a lo Neruda? Creo que son todas las anteriores. En todo caso, sigo sonriendo y respondo con palabras amables hacia sus cortos.
Pero no es hipocresía sino la verdad. Hay cortometrajes muy buenos, muy intensos. Como la apocalíptica Switez, del humildísimo Kamil, animación hecha con pinturas de gran escala, en un trabajo de 7 años, coproducción de cinco países y segura candidata al Oscar el próximo año. O como Stick Climbing, del divertidísimo Daniel, un proyecto desarrollado para un museo pero visto en el cine resulta sorprendente y regocijante. Y como otros tantos. El hecho que Park Chan-Wook y su hermano ganaran la competencia de cortos (y que el Oso de Plata fuera para otro corto coreano que también hubiera firmado tranquilamente Park) no me entristece sino, por el contrario, me da un orgullo especial.
Jamás dejaré de estar agradecido a Maike Mia Höhne, la curadora de la sección, por haber aceptado a La calma en la competencia. Ver el corto en medio de una selección muy fuerte ha hecho renacer algunas convicciones que tambaleaban en los últimos meses y me ha dado la confianza de que el próximo proyecto será aún mejor.
Y sé que cualquier joven cortometrajista que haya hecho su corto en MiniDV y haya pensado "no, para qué voy a mandar esto, no tiene sentido", esa persona debería reevaluar nuevamente el destino de su corto. Creo que antes de ocultarlo en el cajón (como estuvo a punto de pasar con La calma), debe uno permitirse soñar con mostrarlo donde le dé la gana. Los resultados pueden ser insospechados.
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De vuelta en Madrid. La maleta está llena de tarjetas, flyers, papeles impresos y papeles escritos a mano. Tantas personas en tan poco tiempo.
Detrás de esos nombres hay promesas para proyectos futuros, acuerdos futuros que se desvanecerán con el tiempo, que caerán en terreno rocoso y se secarán.
Pero con otras personas, lo sé, se formará algo que aún es vago pero que ya ha lanzado un primer aliento. Lo importante ya ha ocurrido.
Y todo lo que suceda después dependerá del trabajo y la dedicación. Es la única cosa cierta: trabajo y dedicación. Es la mejor manera de amar al cine y de respetarlo. Sin esperar nada más.
Luego, si alguna buena noticia aparece, será nuevamente momento de sonreír.
¿En cuántos países los problemas de toda una comunidad no se resuelven por la incapacidad de abrir un espacio de diálogo franco entre dos grupos aparentemente irreconciliables? Lo he visto pasar en Perú, lo veo pasar en España y seguramente pasa en innumerables lugares más. Lo he visto pasar, sobre todo, en el mundo del cine, aunque también en otros ámbitos.
Hace unos días asistí al evento de Madrid Fusión, ese encuentro internacional . Resultaba curioso un asunto: por primera vez, un país extranjero organizaba el Menú Oficial para toda la concurrencia (siempre ha sido o un menú valenciano o un menú extremeño, etc., al menos en los últimos tres años.) Esta vez le tocó a "Perú" (así, como "marca"). ¿Cómo se logró eso? ¿Cómo se pudo cumplir con esa meta?
El resultado fue ver a distintas personalidades trabajando entre todos: el postre de una chef, el ceviche de otro, el ají de gallina de otro más, los pisco sour de otros... Parece que esto no tiene nada que ver con el cine. Pero sí.
Conversando con el chef Gastón Acurio, él comentaba que la única manera de alcanzar un logro de esa naturaleza (la cocina peruana como una presencia constante, como una marca sólida, en aumento) era dejando los egos y las rencillas personales de lado y empezar a reconocerse como parte indisoluble uno del otro, "en lugar de estar peleando por migajas".
Pero para eso se requiere igualdad. Uno debe reconocerse igual al otro, no sentirse un ser superior al otro ni un ser que tiene más derechos que otros. ¿Es posible que alguna vez ocurra eso en los gremios del cine?
Sordo. Ese es el nombre del artículo de RayLoriga ha sido publicado hoy en "El País", del cual rescato unos párrafos:
Vaya por delante que me importa un bledo que la gente se descargue gratis canciones, libros, películas, sexo y calzoncillos en la Red; están, supongo, en su derecho, al menos hasta que este derecho, como cualquier otro, sea razonablemente cuestionado; lo que no estoy dispuesto es que antes y después de hacerlo se vean obligados por Dios sabe qué fe a insultar.
Una y mil veces diré que se coja lo que se quiera y también lo mío, si es que alguien lo quiere.
Lo que paseen el engañosamente fascinante imperio de la Red lo decidiremos entre todos y no será ajeno al discurrir de otros conflictos que en la larga historia de las sociedades han sido, pero quiero dejar dicho que en mi humilde opinión el insulto sistemático a todo un sector de trabajadores, más y menos afortunados, no es la mejor manera de empezar a arreglar nada.
Recuerden por si acaso una vieja máxima de la revolución que sirve igual para inmigrantes, comadrejas y titiriteros: cuando el Estado consigue que el enemigo sea el pueblo, es que el Estado ya ha ganado.
Los reclamos e indignaciones son necesarias en cualquier debate. Pero visto lo ocurrido con la cocina peruana, parece que las soluciones aparecen con el diálogo abierto, libre de burlas, insultos, soberbias y resentimientos.
Algunos tuvimos la generosa fortuna de asistir a la reciente edición del Festival de Berlín y poder ingresar al estreno de La teta asustada. Pero antes de comentar la película, es preciso hacer algunas anotaciones sobre toda la discusión que se generó casi de inmediato, prácticamente minutos después de la proyección, en otras partes del mundo. Específicamente, en nuestro propio país.
Sin haber visto la película en cuestión, muchos empezaron a lanzar los ansiosos dardos con los que se buscaba minimizar el logro obtenido por todo el equipo de La teta asustada. De igual manera, rápidamente aparecieron apasionados defensores que (sin tampoco haber visto la película) ya colocan esta obra en un pedestal de oro, haciéndola intocable.
¿No hubiera sido lo más sano esperar a que la película se estrene para discutir?
Y, sin embargo, ¿será eso posible?
Los que ya le han puesto la cruz irán al cine con el escepticismo en la mirada, buscando todos los errores posibles. Y los fanáticos que ahora exclaman “yo siempre dije que era buena” irán con su libreta buscando todos los méritos existentes y también los inexistentes.
Calma. No hay que arañarse antes de tiempo ni tampoco santificar una película por el Oso de Oro (la película Tropa de Élite lo ganó el año pasado, ¿eso la hace sagrada? Ni por asomo: ya sabemos que aplaudir por aplaudir es casi tan peligroso como criticar por el mero placer de hacerlo).
Lo que se ha celebrado es la feliz realidad de ver cómo una película peruana (en coproducción con España) obtiene el máximo galardón en el Festival de Berlín. El Oso de la Berlinale es el mayor premio que una película nacional ha logrado en toda la historia de nuestra cinematografía, es un premio que vale todos los premios que se han obtenido antes, uno de los premios más importantes del mundo (personalmente, pienso que es un mérito solamente superado por los galardones de Cannes) y un cine como el peruano no está acostumbrado a ese tipo de honores. Por eso se celebra.
Se celebra además porque pone al Perú en una vitrina donde nunca antes estuvo. Cinéfilos, productores, distribuidores de todo el mundo están girando ahora la vista hacia nuestro país. Estoy seguro que más de una puerta se abrirá para quienes sepan preparar un proyecto cinematográfico responsable. Por eso también se celebra.
Además, si uno tiene su corazoncito patriota, cómo no celebrar el ver a una cineasta peruana, a unas actrices peruanas, a una película filmada en Perú, recibir los aplausos y elogios que recibieron en Alemania.
Por último, se celebra también la recuperación de cierta fe perdida en los proyectos individuales. Pero esto es más difícil de explicar.
Cómo no ser escépticos al notar que Claudia Llosa consiguió lo que no obtuvo Lucrecia Martel en su momento (La ciénaga fue Oso de Plata, 2001) y situó su nombre en la misma lista histórica de los máximos premiados, lista donde figura Bergman (Las fresas salvajes, 1958), Antonioni (La noche, 1961), Godard (Alphaville, 1965), Pasolini (Los cuentos de Canterbury, 1972), Fassbinder (Veronika Voss, 1982), Cassavetes (Love Streams, 1984) y los contemporáneos Tavernier, Sheridan, Malick, Winterbottom, Miyasaki y P.T. Anderson, entre otros.
Esto hace que muchos se pregunten: ¿es acaso La teta asustada mejor película que La Ciénaga? ¿Acaso cuando la estrenen veamos algo tan suculento como Magnolia?
La pregunta es tramposa. Cuando un Festival serio se inaugura, la historia, los países, los distribuidores, el marketing, el director del Festival, los críticos, el público, todos podemos meter presión pero en la decisión final quedamos fuera. Al final, solamente quedan las películas frente a los gustos y preferencias del Jurado. Los demás observamos, comentamos, aplaudimos o pifiamos, como si de un antiguo espectáculo romano se tratara.
Horas antes de la inauguración, Llosa afirmaba que el sólo hecho de tener una película dentro de la Selección Oficial era un sueño increíble, un premio más que deseado. Obvio. Dentro de la misma competencia se encontraban las últimas películas de Wajda, Tavernier, Moodysson, Ozon, Frears. “El mismo día que estrenamos La teta asustada, Theo Angelopoulos va a presentar su última película. ¡Cómo no voy a sentirme honrada!”, nos contaba.
Que Moodysson haya presentado una película burda y maniquea, que Tavernier y Ozon no hayan logrado entusiasmar más allá de lo esperado, que Frears entregue una película decepcionante (otra más), todo eso escapa a la participación de Claudia Llosa. Ella cumplió con presentar su película y las circunstancias jugaron a favor. Estuvo en el lugar indicado, en el momento indicado.
Pero aceptar solamente esto es mezquindad. Un reconocimiento de este nivel no llega sino hubiera existido un esfuerzo enorme detrás –esfuerzo de años en el caso de nuestro cine- y ahí es donde debería radicar el motivo de las felicitaciones.
Así que, felicitaciones por el logro a todos los que participaron en La teta asustada. Las discusiones serias recién llegan ahora que ha llegado el estreno.
Dicho esto, pasemos a la película.
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Fausta tiene miedo.
Le tiene miedo a los hombres. A sus palabras, a sus acercamientos, a sus roces. Le tiene miedo a las múltiples consecuencias que significa ver morir a su madre, prácticamente la única persona con quien ha mantenido una comunicación sincera y confidente en su vida (miedo a no poderle hacer un entierro decente, miedo a quedarse aislada de la vida). Tiene miedo de no ser capaz de encauzar su destino, de darle un nuevo rumbo.
Es que ella es una muchacha que nació con la teta asustada. A su madre la violaron cuando Fausta aún estaba en su vientre, y el cuerpo de una se impregnó del dolor de la otra. Madre e hija se funden en una y a solas comparten un oscuro sufrimiento. La madre fallecerá sin haber encontrado la paz. La hija tendrá que sobrellevar la angustiosa aprensión que heredó.
La señora Aída tiene miedo. A pesar de ser una dama limeña que vive en una gran residencia, con aires de independencia, acostumbrada al aplauso de la ciudad al ser ella misma una reconocida compositora musical, ahora está en una encrucijada: faltan pocos días para el recital más importante del año y la inspiración no está de su lado. Miedo al fracaso, al posible olvido.
El tío Lúcido tiene miedo. Su hija Máxima se va a casar y no quiere que ninguna tristeza flotando en el ambiente arruine esa nueva etapa en la vida de su familia. Un cadáver escondido en su casa puede ser motivo de una maldición.
La pregunta, entonces, aparece rápidamente: ¿cómo filmar el miedo?
Claudia Llosa opta por los rostros apagados, serios, impenetrables, en lugar de la expresividad excesiva, teatral. Opta por el silencio antes que el discurso excesivo. Las emociones están presentes, pero escondidas detrás de otros personajes, de la música, de los objetos. Como si leves capas de realismo intentaran ocultar las pasiones que desde dentro se alistan a clamar, como si el primer plano de unos ojos fuera ya casi un grito de miedo.
Capas, por ejemplo, cuando Fausta quiere darle una sepultura digna a su madre. La vendedora de ataúdes le muestra un féretro donde está pintado el mar. El mar, “donde se alivian las cargas y se lavan las penas”, dice la vendedora. Esta línea que parece demasiado sentenciosa y explícita, en realidad está oculta y hasta puede pasar desapercibida, pues lo que resalta son otras voces y otro féretro (uno cuyo lema dice “Arde papi”, el cual mitiga esa peligrosa solemnidad).
Capas, por ejemplo, en plena celebración de un matrimonio, cuando la cámara va girando lentamente, mostrando todo el escenario de la celebración. En medio del baile, de los invitados que llegan, de los gritos que rugen, de los aplausos que se lanzan, de los regalos multicolores… en medio de todos, Fausta cae una vez más, enferma y desangrada, sin que casi nadie lo note.Lo importante se va ocultando.
Es que las emociones se manifiestan así: en medio del bullicio, en plena calle. Los miedos y las ilusiones no conocen de hora ni lugar. Cuando uno se sorprende o se asusta en lo más hondo, no necesariamente pone la cara de Lillian Gish haciendo “oh” en las películas de Griffith.
¿Se trata de una decisión acertada?
Lo es por distintos motivos. Porque las emociones contenidas guardan un misterio especial. Porque le dan más emotividad a las escenas donde, finalmente, los personajes liberan aquello que sienten (Fausta cantando en casa de la señora Aída, por ejemplo). Pero, sobre todo, porque los traumas que se exhiben son aquellos que se arrastran desde el vientre, desde el tiempo de una guerra interna que hasta el día de hoy no se soluciona –ni se solucionará-, un trauma que el país decidió que era mejor callar y olvidar.
Aunque suene a lugar común en una rama del cine contemporáneo, hay que decirlo: En La teta asustada, importa más lo que no se dice que aquello expresado en voz alta.
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El cine de Claudia Llosa ha cambiado. La cineasta peruana pasó de los imaginarios barrocos de los Andes de su primera película, Madeinusa, a los silenciosos dramas personales de personajes encerrados dentro de sus propios miedos, en medio del bullicio de una urbe emergente, como se aprecia en La teta asustada.
¿Cambiar de universo geográfico significa cambiar tu manera de filmar?
Aquí podremos discutir largamente. Personalmente, pienso que sí cambia. En la primera película latían las ganas de registrar el acontecer de todo un pueblo, en sus idas y vueltas, en sus procesiones y sus jaranas. Quizás en medio de estos rituales, el drama de Madeinusa no tuvo el tiempo que la angustia de Fausta ahora tiene para envolvernos. Y eso que esta vez sigue habiendo un entorno agitado alrededor de la protagonista: ya no estamos en los Andes pero estamos en las zonas periféricas de Lima; ya no será Tiempo Santo, pero el negocio de los matrimonios garantiza suficiente baile y bullicio. Y aún así, la presencia de esta muchacha lo domina todo desde el inicio hasta el final. Sin hablar mucho, Fausta (Magaly Solier) va revelando un mundo que ella ha creado para sí pero que se manifiesta en leves e inquietantes detalles.
El cine de Claudia Llosa ha cambiado. Pero, ¿es un cambio positivo?
Todo parece indicar que sí. El registro intimista parece más elaborado. Se nota trabajo en este equipo técnico prácticamente femenino que no se separa a lo largo de la Berlinale. Caminan juntas por los alrededores del Festival Claudia Llosa, Magaly Solier (Fausta), María del Pilar Guerrero (Máxima), la directora de foto Natasha Braier (la misma de En la ciudad de Sylvia), la editora de sonido Fabiola Ordoyo, la compositora musical Selma Mutal... Un equipo femenino para una película sobre las mujeres. ¿Significará eso algo? No necesariamente. Lo cierto es que la película, en general, muestra detalles y sugerencias que son gratos de ver.
El jardinero roza la mano de Fausta: no vemos qué gesto pone ella, pero observamos cómo su pantalón remangado vibra y cae. Otra: la señora Aída le promete una perla a Fausta por cada canción que ella le cante (en una escena especial, la del baño, donde los movimientos de los actores, la iluminación y el sonido están muy cuidados). Cuando, finalmente, Fausta canta, no hace falta decir nada más entre ellas. Simplemente se muestra la perla ganada.
¿Estos actos sugerentes la hacen una película brillante?
No creo que ni la misma directora la considere así, a pesar del premio. Habrá mil películas mejores, diez mil peores. Simplemente, es una buena película. Hay que ir a verla. Y discutirla. Pero sí es la mejor película peruana que recuerde haber visto.
¿Se burla de la miseria de los peruanos?, preguntan otros.
No es algo que haya percibido. El Perú se presenta como un universo diverso y lleno de contradicciones. Y, aún así, se trata de una ficción aunque resulte extraño hablar de límites y fronteras.
Una situación que arrancó sonrisas durante la premiere fue el hecho de ver una boda masiva en la pantalla grande. En la conferencia de prensa le preguntaron a la directora si esa circunstancia era también producto de su imaginación. Les costó creer a los extranjeros que se trataba de una práctica común y casi cotidiana en nuestro país. También preguntaron si el ponerse una papa en la vagina para evitar las violaciones era una práctica extendida luego de la época del terrorismo. En esta ocasión, la directora y guionista Llosa contestó que no, que esa parte de la historia era pura ficción.
Es cierto. No resultará muy gratificante para algunos pensar cómo se nos puede observar desde el exterior, pero una película es una mirada personal y un director tiene la potestad de crear su propio imaginario a riesgo de caer después en el exotismo atolondrado.
En La teta asustada no vemos este riesgo. Se trata de una película centrada en su historia, en sus personajes, en aquello que subyace. El ambiente colorido no es el protagonista, sino el contrapunto a las vidas opacas e inertes de los personajes principales.
Debe ser también que la vida urbana es más asequible, más cotidiana, más reconocible que aquella vida de comunidad andina perdida en los Andes, donde hay mucho sentimiento encontrado aún y donde para todos nosotros es más fácil manipular lo que uno no conoce a fondo. A diferencia de Madeinusa, pocos podrán distraerse de la película pensando en el racismo o el cosmos pintoresco. La discusión más decantará acerca de qué tanto se siente el guión en cada línea o si resultan un poco excesivas las escenas del canto (escenas en donde el silencio termina y la angustia alza la voz, en busca de una liberación que urge).
Aunque juega una vez más entre lo que es invención y lo que son ciertas concepciones andinas, La teta asustada apunta a otro horizonte, uno más personal, uno más privado.
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La vida y la muerte comparten piso. Lo que ayer era un entierro, hoy es un matrimonio. Lo que ayer era una tumba, hoy es una piscina para todos. La papa es fertilidad, pero también es hemorragia. Un hombre es amigo pero también victimario.
El problema es que, en la ciudad, la dualidad no es tan fácil de aceptar. Resulta contradictoria. Atemoriza. Cautelosamente hay que refugiarse en el canto, en el quechua. A diferencia de la mencionada Tropa de élite o de la conocida Ciudad de Dios, no estamos frente a la mirada del publicista cool. Esta vez, un tema delicado se filma de manera delicada.
Luego de todos los comentarios aparecidos, lo mejor es ver la película y dejarse sorprender. Ya llegarán nuevas y mejores discusiones que esta exposición, nuevas y mejores polémicas cuando se haya estrenado al fin. Y ojalá se alarguen, más allá de los fantasmas de Madeinusa, más allá de los osos dorados y más allá de las semanas en cartelera. Nuestro cine necesita más discusiones sensatas y menos choque de egos. La exhibición de esta película es una gran oportunidad para ello.
Y, por último, la otra gran oportunidad:
Si la memoria no falla, el llamado “nuevo cine argentino” apareció también de esta manera. El reconocimiento a un cineasta les dio fe a los nuevos y ganas de renovación a los viejos. La manera de entender las películas cambió para los realizadores, para el público, para las salas, incluso para las propias instituciones gubernamentales.
Desde luego, también jugaron innumerables factores.
Y aún así, este es el momento perfecto para que financistas, empresas privadas, el propio CONACINE, entiendan la importancia y resonancia de impulsar no solamente películas de fácil consumo sino también aquellas que proponen nuevos aires a un arte casi asfixiado en nuestro medio.
Nunca el cine peruano ha tenido esta ocasión de oro para consolidar esta renovación que acaba de dar un paso agigantado en Berlín, en los pies de La teta asustada. Es sabido que la historia de nuestro país está llena de oportunidades perdidas. Que esta no sea una de ellas.