viernes, 4 de febrero de 2011

Adieu Gary: un reencuentro con Jean-Pierre Bacri.


Como ya había comentado, este blog tuvo el honor de ser elegido como parte del Jurado del Primer Festival Online que se ha hecho hasta el momento: My French Film Festival. Ha sido una labor complicada, un poco agotadora también, pero ya ha terminado.

En general, aunque algunas recientes películas francesas manifiestan el deseo de sacudirse un poco del habitual "naturalismo social" (De dioses y hombres, de Beauvois, por ejemplo), lo cierto es que la mayoría de cineastas franceses se sienten cómodos con los dramas familiares. Y está bien que sea así, pues aclarada la mirada solamente tienen que avanzar pulcramente en los siguientes pasos. Y los resultados son bastante apreciables.

Así tenemos, por ejemplo, a La famille Wolberg de Axelle Ropert. Una película especial, donde el drama siempre está presente de manera muy suave, oculto bajo las gracias de la cotidianeidad, pero que finalmente aflora en un episodio doloroso para quien sabe de rupturas familiares. Y esto se encuentra hasta en la película más definida por un género, como es el caso de Espion(s) de Nicolas Saada.

Pero había que elegir al mejor film, tarea complicada y que ha hecho que aumente mi respeto para quienes han sido jurados de competencias cuyo nivel se ha mantenido parejo.


Adieu, Gary

El punto de partida es reconocible: un joven vuelve a su pueblo. A través de sus ojos, de su reconocimiento, de sus expectativas, así es como vamos a identificar el lugar y sus personajes.

Desde la primera toma, el director, Nassim Amaouche, nos va llevando hacia ese estado de letargo, el letargo del típico pueblo de provincia, anclado un poco en el olvido de la civilización. Las pausas, los personajes ubicados en medio del encuadro y solamente espacio vacío alrededor, el rumor del polvo y los árboles, todo nos va empujando a ese ambiente.



De hecho, todo muy medido, todo muy cuidado y también hubiera pasado como una buena película más. Pero aparecieron dos elementos que, a mi gusto, la hacen una película especial:

En primer lugar, la actuación de Jean-Pierre Bacri como el padre que vive entre el fastidio y la esperanza de que su vida a los ¿cincuenta y algo? aún pueda mejorar. Quizás el padre sea el verdadero protagonista del film y no su hijo. Ese pueblo es él, esa soledad, esa angustia frente a la juventud donde regaña a sus hijos pero a la vez teme perderlos, ese próximo anciano sin rumbo ahora que ya no hay fábricas, ahora que su sindicato resultó un fiasco, ahora que ni siquiera el tren pasa por ahí.

El padre es, finalmente, el rostro del fracaso. Y ese fracaso ha estado presente en nuestras cenas familiares, en nuestros deseos de viajar lejos, en nuestras ganas de volver a casa. Es un fracaso cariñoso, y por ello mismo aún nos causa tristeza. Excepcional actor Bacri, quien con un mínimo quiebre gestual evoca a la imagen paterna de inmediato. Ya lo recordaba de El gusto de los otros, y redescubrirlo aquí ha sido una grata sorpresa.

Y en segundo lugar, hay un momento del film que me parece particularmente bello. Trataré de explicarlo: Eventualmente, en el pueblo de la película aparecen personajes secundarios, silenciosos, como almas en pena. Uno de estos personajes es un adolescente gordito a quien nunca vemos hablar, ni siquiera con su madre. Está encapsulado en el recuerdo paterno al tiempo que mira westerns clásicos.

A ese joven lo vemos poco en la película... y sin embargo, en él radica el misterioso título. "Tu padre era muy guapo, todos decían que se parecía a Gary Cooper" le dice la madre. Es a esa figura exitosa, encumbrada, a quien el adolescente extraviado espera. Y es así como se explica el misterioso título de la película.

La incómoda realidad se presenta de manera melancólica en esta película. Pero no me gusta por eso, sino por la coherencia formal, por sus grandes actores y por el inesperado arribo de esa magia que justifica todo el naturalismo previo.


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